Un compañero del Colegio Comunitario de Portland (PCC, por sus siglas en inglés), interesado en escuchar acerca de mis experiencias en el campus, me entrevistó a principios de año. Sam es una de mis personas favoritas en este momento porque me trata de la forma en que me veo a mí mismo: como una persona normal que además es autista. Habla conmigo como si no hubiera un tablero de plástico entre nosotros y sus coloquialismos me divierten muchísimo. Sam estaba muy intrigado y desafanado sobre cuál era mi visión del mundo, y espero que ya llegue el momento en que podamos tomar una cerveza, platicar y aprender más uno del otro.

Uno de los muchos temas que cubrimos fue la influencia del capitalismo sobre la determinación del valor de las personas con discapacidades. Mi opinión es que la discriminación en contra de las personas discapacitadas, es decir, el tratamiento discriminatorio, las percepciones y la humanidad asignada a las personas con base en los valores creados y perpetuados por las personas sin discapacidades, está basada completamente en los valores capitalistas. Es decir, el valor que se nos da, como un grupo de personas que cae fuera de la norma de lo que es normal y deseable, tiene un nivel tan dispar de función que no se le atribuye ninguna contribución económica para la sociedad.

Podríamos argumentar que no todas las personas con discapacidades experimentan discriminación de este tipo. Después de todo, las personas que necesitan lentes para ver bien no se detienen a pensar en cómo esto podría considerarse una discapacidad. Además, la mayoría de las personas acepta los lentes como un apéndice natural. Pero, entre más borrosa o ensombrecida sea la visión, más personas ven la aparente discapacidad y los ajustes requeridos por la sociedad en general. La gente no tomó en cuenta los beneficios de las rampas en las aceras hasta que las personas con discapacidades lucharon por ellas. Entonces descubrieron lo útiles que eran para las mamás con carriolas, los adolescentes con patinetas, los hombres que están viendo sus teléfonos mientras cruzan la calle y los adultos mayores con problemas de cadera que tienen dificultades con las escaleras. Es decir, esta adaptación es aceptable porque muchas personas sin discapacidades se benefician de ella.

Sin embargo, el tipo de discriminación por motivos de discapacidad al que me refiero es el que considera que la vida de las personas con discapacidades —es decir, la totalidad de estar tan fuera de la visión de lo que es aceptable, o el grado en el cual podemos lograr que se cubran nuestras necesidades específicas antes tener que pedirle a la sociedad que haga un espacio— es menos valiosa, atractiva o deseable que la de alguien que no requiere “servicios especiales”. El tipo de existencia sobre el que los padres se preocupan cuando su bebé todavía está dentro del vientre materno. La vida tranquila de las personas como yo que no hablan con claridad o consistencia, y que gritan, gruñen y repiten lo que parecen ser palabras al azar.

Estos son los náufragos modernos de la sociedad: aquellos que toman su lugar en el barco que navega hacia nuevas tierras y permanecen ahí hasta que llegan al mar abierto, donde no pueden aventarlos a las aguas poco profundas para nadar a la orilla. Por supuesto, a veces los avientan al mar para luchar en contra de los tiburones y terminan perdiendo. Pero al menos tuvieron la iniciativa de intentarlo porque nadie iba a hacer un espacio para ellos de forma voluntaria.

Podría argumentar que hemos entrado a una era de más aceptación, en la cual las personas con discapacidades pueden tener muchas de las mismas experiencias que la mayoría de las personas. Sin embargo, su grado de aceptación en la sociedad depende de su empleabilidad, de qué tanto interrumpirán las condiciones de la vida diaria que los estadounidenses promedio consideran “normales” y de su capacidad de no depender de otros, de ser independientes en todos los aspectos.

Todavía me enojo cuando pienso en los padres que no quieren que se les pague a sus hijos adultos un salario digno y que preferirían que se les pague centavos de dólar en un programa diurno solo para que tengan algo que hacer. Hasta que empecemos a valorar la humanidad de las personas por encima de lo que se percibe como su futuro poder adquisitivo (porque, en serio, ¿de qué estamos hablando cuando los padres predicen cuánto le afectará a un niño su discapacidad y su capacidad de ser totalmente independiente?), seguiremos equiparándolos con un valor monetario, esencialmente clasificándolos en el orden de sus ingresos perdidos.

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